Dios Responde


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Escrito por Peggy Joyce Ruth

Me invocará, y yo le responderé. —Salmo 91:15
Dios promete responder a aquellos que realmente le aman y que invocan su nombre. Piense en lo que este versículo le está hablando.
Cuando pienso en cómo Dios responde cuando lo invocamos, pienso en el día cuando llegamos a casa y encontramos que el automóvil de nuestros adolescentes había sido robado del estacionamiento. Hicimos una reunión familiar y le pedimos a Dios que devolviera el automóvil. Él nos dijo que perdonáramos a la persona que se lo había llevado. Esto fue difícil al principio, pero como el perdonar es una elección, no un sentimiento, tomamos la sincera decisión de perdonar. Perdonarlos a ellos no parecía ayudar con la situación. El departamento de policía nos dijo que ellos no creían que íbamos a volver a ver nuestro automóvil ya que había pasado más de una semana. Era difícil ignorar el reporte negativo, pero seguimos creyendo que Dios iba a hacer un milagro. Sabíamos que aunque nunca más volviéramos a ver el auto, todavía seguiríamos amando y confiando en Dios, pero no queríamos que el diablo ganara. Y así fue como, una semana más tarde, el milagro sucedió. Un hombre se entregó y dijo que él había estado robando cosas toda su vida, pero que esta era la primera vez que él se sintió culpable.
El hombre nos dijo que él había dejado el auto en el estacionamiento de un campo de rodeo en una ciudad cercana. Como era de esperar, cuando manejamos al lugar, ahí estaba, exactamente donde él dijo que estaría. Clamamos a Dios como una familia, y así como Dios lo prometió, Dios respondió. Es importante enseñarles a nuestros hijos a invocar a Dios. Tantas personas hacen que sus pequeños confíen en aprender cómo discar 911. Practican y practican con ellos para asegurarse de que nunca se olviden, pero tan a menudo fallan en enseñarles a sus hijos a clamar al cielo. ¿Cuántas veces hemos visto que la ayuda de la emergencia terrenal no pudo llegar a tiempo, pero la ayuda de Dios está tan cerca como el aire que respiramos? Cuando los niños ven con ejemplo cómo una familia invoca a Dios, es la cosa más natural en el mundo para ellos de hacerlos por ellos mismos, así como lo hizo Bill, en el siguiente ejemplo, quien se encontró en una posición en la cual nadie podía llegar a tiempo para ayudarlo.
Jack y nuestro hijo Bill, sin saber que debajo del terreno detrás de nuestra propiedad había un viejo pozo de gas, estaban quemando arbustos. Como puede imaginarse, cuando el fuego llegó al pozo de gas, todo literalmente explotó, enviando fuego en todas las direcciones y encendiendo un campo cercano de pasto alto y seco. De inmediato, el fuego estaba completamente fuera de control. Como en esa época no había líneas de agua, estaban luchando en vano. Ni siquiera el barril de agua que tenían atrás de la camioneta hizo algo a las llamas.
Cuando vieron que el fuego se estaba acercando peligrosamente a los otros campos que estaban cerca de las casas vecinas, Jack salió disparado a la casa para llamar al departamento de bomberos, los envió a que se encontrarán en el cruce de los caminos así no se perderían, y volvió corriendo; solo para encontrar que el fuego se había apagado. Y Bill, que parecía como si hubiese estado trabajando en una mina de carbón, estaba sentado en un trozo de árbol tratando de recuperar el aliento. Jack dijo: “¿Cómo hiciste para apagar el fuego? Era imposible”. Cuando piensa en la promesa de que cuando lo invocamos a Dios, él nos responde, las siguientes palabras de Bill a Jack lo dicen todo: “Clamé a Dios”. Qué maravillosos testimonios que declaran lo que Dios hace cuando clamamos a Él. ¡Esta promesa es muy importante para los ataques sorpresa en la vida!
- Tomado del libro Salmo 91 para las madres por Peggy Joyce Ruth. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.
Fuente: vidacristiana



El Dios que Adoramos... ¿Por qué este tema y no otro?

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Conferencia dada en 2012 por : Pastor Miguel Núñez 

Como muchos conocen, el tema de la conferencia..., es “El Dios que Adoramos”. Como comentamos en la entrada anterior, hemos podido observar en un nuestros días una trivialización del concepto de Dios, que ha llevado a una adoración que no está a la altura del Dios creador del cielo y la tierra. Para muchos la adoración ha sido reducida a música, cuando en realidad la adoración es más un estilo de vida.

Decía William Temple (1881–1944), que “la adoración es la sumisión de toda nuestra naturaleza a Dios. Es el despertar de la conciencia a Su santidad; el alimento de la mente con Su verdad; la purificación de la imaginación por Su belleza; la apertura del corazón a Su amor; la entrega de la voluntad a Su propósito – y todo esto ofrecido junto en adoración”. Y Temple agrega que “la adoración es la emoción menos egoísta de nuestra naturaleza, y por tanto el remedio principal para el egocentrismo, que es nuestro pecado original y la fuente de todo el pecado real”. Como podemos ver, la santidad de Dios, cuando es correctamente percibida, despierta mi conciencia, llevándome a desechar el pecado, y creando en mí deseos de entregarme a Dios. Pero eso ocurre cuando su verdad ha servido de nutrición a mi mente, y al calar en mí, esa verdad, comienza a abrir mi corazón, para recibir Su amor; y todo esto tiene un efecto tan profundo en nuestro ser que terminamos rindiendo la voluntad a Sus propósitos. En eso consiste la obediencia. Pero esa obediencia resulta ser un acto de adoración; de ahí que Temple hablara al principio de su definición de que la adoración es la sumisión (obediencia) de toda nuestra naturaleza a Dios.

Es interesante ver que cuando Isaías tuvo su encuentro con Dios (Isaías 6 ), el profeta que inicialmente se sintió deshecho al contemplar la santidad de Dios y ver lo profundo de su pecaminosidad, es la misma persona que termina diciendo, en el mismo encuentro, “Heme aquí; envíame a mí” (Isa. 6:9 ). Isaías contempló el trono, respondió en adoración, y luego obedeció, sometiendo su naturaleza y voluntad a Dios. Esto nos habla de que antes de ir, yo debo ser un adorador, y a la vez, no hay más personas yendo porque no hay suficientes personas adorando.

En ese encuentro Isaías no sólo pudo encontrar su grado de pecaminosidad, sino también que encontró su propósito de vida... ser el profeta de Dios. Creo que muchas veces estamos tratando de que Dios nos revele sus propósitos sin primeramente haber vivido rendidos en adoración a Él.

En el pasado yo supe enseñar cursos de adoración, hasta que pude comprender mejor que tú no puedes enseñar a nadie a adorar, porque la adoración se supone que es una respuesta espontánea a lo que yo conozco de Dios. Por eso creo que es preferible hablar del Dios que adoramos, pidiéndole que nos abra los ojos del corazón, y luego permitir que cada persona responda conforme a lo que ha podido ver de Dios.

En cierta manera, yo creo que el Dios que merece ser adorado, sin necesitarlo, debe tener un interés doble a la hora de adorarlo. Por un lado, la adoración contribuye a poner de manifiesto la gloria de Dios, con lo cual Él continúa revelándose al hombre, y éste continúa conociéndole de una mejor manera. Al esto ocurrir, el hombre va siendo transformado, para recibir aquello que Dios quiere entregarnos.

Juan 4:23 dice que “…la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque ciertamente a los tales el Padre busca que le adoren”. Pudiéramos preguntarnos por qué un Dios que no es mejorado, engrandecido ni cambiado porque el hombre le adore, desea buscar adoradores. Yo quiero sugerir que a través de la adoración Dios quiere devolverle al hombre todo lo que Adán perdió en Él. El hombre fue creado para vivir en íntima comunión con Dios, y en esa relación cercana él experimentaría seguridad, gozo, paz, intimidad, y finalmente encontraría su razón de ser o propósito. Cuando Adán se aleja de Dios, él experimenta todo lo contrario: inseguridad, amargura, temor, separación y frecuentemente falta de propósito en su vida. Éste sería un propósito secundario a la hora de adorar.

El mero conocimiento de la palabra no nos devuelve esas emociones santas. Así mismo, el obedecer las reglas no es suficiente para crear emociones que cada uno de nosotros desea y necesita, como las mencionadas anteriormente. Solo la adoración al Dios verdadero es capaz de hacer esto. Obviamente, la adoración implica obediencia; pero es más que obediencia. Implica conocimiento de ese Dios; pero es más que conocimiento. Al final del camino, todo comienza con el conocimiento de Dios: “No se gloríe el sabio de su sabiduría, ni se gloríe el poderoso de su poder, ni el rico se gloríe de su riqueza; mas el que se gloríe, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce” (Jer. 9:23-24 ). Al conocer a Dios, como Él se ha revelado y como verdaderamente es, yo voy a sentir el deseo y la necesidad de amarle, de manera natural. Este amor por Él me lleva a obedecer de forma natural. Por eso Cristo dijo “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Juan. 14:15).

Fuente: integridadysabiduria.org




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Qué hacer cuando no sabes que hacer

Pastor Miguel Núñez






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