Yo soy Rey de Reyes...




¡YO SOY REY DE REYES y Señor de señores que habito en luz tan deslumbrante! También soy tu pastor, tu compañero y tu amigo, que nunca dejará que te sueltes de mi mano. Adórame en mi santa majestad; acércate y descansa en mi Presencia. Me necesitas como Dios tanto como hombre. Solo mi encarnación en aquella primera y lejana Navidad podría satisfacer tu necesidad. Ya que llegué a esa medida tan extrema para salvarte de tus pecados debes estar seguro que te daré, también, junto conmigo, todas las cosas.

Alimenta bien tu confianza en mí como Salvador, Señor y Amigo. No me he guardado nada de lo que tenía para ti. ¡Más bien, me he dignado vivir dentro de ti! Regocíjate en todo esto y mi luz brillará a través de ti en el mundo.

La cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén.
—1 Timoteo 6.15–16

Vengan, postrémonos reverentes, doblemos la rodilla ante el SEÑOR nuestro Hacedor. Porque él es nuestro Dios y nosotros somos el pueblo de su prado; ¡somos un rebaño bajo su cuidado! Si ustedes oyen hoy su voz.
—Salmo 95.6–7 (NVI)

Si Dios no se guardó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos dará también todo lo demás?
—Romanos 8.32 (NTV)

Así comprobamos el cumplimiento de las profecías, y ustedes hacen bien en examinarlas cuidadosamente. Ellas son como antorchas que disipan la oscuridad, hasta que el día esclarezca y la estrella de la mañana brille en sus corazones.
—2 Pedro 1.19 (NBD)



Te hablo...




TE HABLO desde las profundidades de la eternidad. Antes que la tierra fuera formada, yo era Dios sin principio ni fin. Me escuchas en lo profundo de tu ser donde he hecho mi residencia. Estoy en ti y soy tu esperanza de gloria. Yo, tu Señor y Salvador, estoy vivo dentro de ti. Aprende a conectarte con mi Presencia viviente buscándome en silencio.

Al celebrar la maravilla de mi nacimiento en Belén, celebra también tu renacimiento a vida eterna. Este regalo perdurable fue el único propósito de mi llegada a este mundo manchado por el pecado. Recibe este mi regalo con recogimiento y humildad. Dedica tiempo a explorar las vastas dimensiones de mi amor. Deja que la gratitud fluya libremente desde tu corazón en respuesta a este regalo glorioso que te he hecho. Que mi paz reine en tu corazón y sé agradecido.

Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.
—Salmo 90.2

A éstos Dios se propuso dar a conocer cuál es la gloriosa riqueza de este misterio entre las naciones, que es Cristo en ustedes, la esperanza de gloria.
—Colosenses 1.27 (NVI)

Y que la paz que viene de Cristo gobierne en sus corazones. Pues, como miembros de un mismo cuerpo, ustedes son llamados a vivir en paz. Y sean siempre agradecidos.
—Colosenses 3.15 (NTV)



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